Un día, cuando Lobo visitó el Palacio Azul, se encontró con una gran reunión de personas en el patio principal del Palacio.
El ambiente estaba pleno de paz, energía y silencio. Las personas estaban sentadas en el piso y formaban un círculo. Estaban meditando. Tenían los ojos cerrados, respiraban pausadamente. La reflexión era profunda sobre cómo ser persona y conocerse a sí mismo y sobre todo, conocer a Dios.
Lobo también se sentó y, al igual que ellos, volvió a vivir su experiencia espiritual de fe. El resultado de la meditación en Círculo era una experiencia vivida profundamente. No sólo era receptiva, sino compartida. Los asistentes a los Círculos en el Palacio Azul, tenían tiempo para discutir y proclamar su experiencia personal. Había cabida para todas las creencias, para todos los matices y circunstancias. No había diferenciación de credos.
La proclamación de cada uno de los presentes fue carismática. Nadie proclamó los contenidos fundamentales de su fe. Nadie definió qué era la Iglesia.
En el Palacio Azul todos vivían como Iglesia. No decían quién era Dios, sino cómo entendían a Dios. No era la proclamación de una doctrina, sino la proclamación de cómo vivir cada día en la presencia de Dios.
La fe de cada uno de los presentes, en el fondo era la misma.
La proclamación de cada uno de los presentes fue carismática. Nadie proclamó los contenidos fundamentales de su fe. Nadie definió qué era la Iglesia.
En el Palacio Azul todos vivían como Iglesia. No decían quién era Dios, sino cómo entendían a Dios. No era la proclamación de una doctrina, sino la proclamación de cómo vivir cada día en la presencia de Dios.
La fe de cada uno de los presentes, en el fondo era la misma.
Todos, incluso Lobo, creían en la existencia de un Ser Supremo. Creador de todo lo visible y de todo lo invisible. Creador de este universo sin límites.
Lobo noto que todos los Pregoneros presentes, tenían un estilo de vida que era más fuerte que una doctrina. Con este estilo de vida después, cuando vivan insertados dentro de las comunidades del planeta Tierra, podían dar testimonio que vivir la fe y sus valores es posible y a la vez realizar el trabajo de su propia vocación personal como miembros de una comunidad.
Vivir naturalmente y sin afectaciones. Amar a Dios, amarse si mismo, amar a todo prójimo como a uno mismo, amar toda clase de vida, respetar los ciclos naturales de nuestro único hogar, la Tierra.
Vivir naturalmente y sin afectaciones. Amar a Dios, amarse si mismo, amar a todo prójimo como a uno mismo, amar toda clase de vida, respetar los ciclos naturales de nuestro único hogar, la Tierra.






















